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Amarás a un extraño – Kathleen E. Woodiwiss

Amaras a un extraño - Kathleen E. Woodiwiss

Amarás a un extraño: En pdf y epub

Sinopsis del libro

Para Ashton esa mujer que estrechaba entre sus brazos, embargado por el deseo, se llamaba Lieren. Era su novia. Esa novia que lo había embrujado con su seducción y que él había llevado a la mansión familiar.
Sin embargo, para otro hombre, ella se llamaba Lenore, la novia que él arrastró a través de una pesadilla de oscuras pasiones y de muerte.
Ella ahora no recordaba nada. Su memoria de una juventud feliz estaba destruida por la tragedia y la violencia. Ella se sentía confundida y temerosa. No recordaba quien era, ni los horrores que había sufrido, ni los dos hombres que ahora se la disputaban.
Pero su corazón no había olvidado. Ella sabía que pertenecía a un solo hombre. A ese extraño que la adoraba. Y que la hizo recordar aquello que el amor no puede olvidar jamás.


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Un aura rojiza brotaba del centro ígneo,

extendiéndose en el cielo nocturno; una masa

densa y arremolinada de gris sofocante se henchía

por encima. El rugido constante ensordecía los

oídos. Por eso el golpeteo de los cascos pasó

desapercibido: el caballo había vuelto a la misma

colina donde estuviera antes. La silueta de manto

negro que lo montaba tiró de las riendas,

sofrenándolo. Entre los profundos pliegues de la

capucha, unos ojos brillantes reflejaron la luz del

incendio, buscando entre los grupos arrimados en

el patio. Por un momento, la mirada fue fija e

intensa; de inmediato, el jinete se volvió, casi

sobresaltado, para otear la cima de la colina, hacia

atrás. Unas manos esbeltas sacudieron las riendas

y un talón volvió a azuzar al caballo, esta vez para

hacerlo entrar en la sombra del bosque.

Las dilatadas narices del corcel daban

prueba de la rápida huida, pero quien lo montaba

no le permitió pausa alguna. Fue una carrera

implacable y zigzagueante por el terreno boscoso,

pero el jinete parecía dirigirla con habilidad. El

animal saltó sobre un árbol caído en el camino y

tocó tierra otra vez, arrojando terrones húmedos

de barro y hojas; ante sus cascos precipitados se

levantaba un escalofriante aliento de miedo.

El viento de la velocidad arrebató la

capucha de lana, liberando largos mechones

rizados que flamearon como cintas ondulantes. Las

ramitas, rencorosas, tironeaban de las guedejas

sedosas, lanzando zarpazos al manto agitado, al

pasar la muchacha. Ella seguía galopando,

ignorante de esos pequeños ataques; de vez en

cuando miraba hacia atrás, apresuradamente, como

si esperara ver a alguna temible bestia en

esclavizante persecución. El súbito movimiento de

un venado que corría entre los árboles le arrancó

una exclamación de sobresalto, pero azuzó al

caballo, sin importarle lo veloz de esa marcha por

un sendero desconocido.

Al ralear los árboles, una pradera abierta

apareció, enmascarada por los jirones de niebla.

En el pecho palpitante de la joven surgió un leve

alivio. Esa pradera prometía un camino más

cómodo, donde acicatear al caballo a todo galope.

Casi con ansiedad, golpeó el flanco del animal con

su talón descalzo, y éste respondió con un brinco

en el que elevó los cascos para franquear el sitio

bajo en donde las nieblas se acumulaban.

De pronto irrumpió en la conciencia de la

amazona un bramido de advertencia, sin palabras,

seguido por el chirrido de los frenos contra las

ruedas en movimiento. Las patas delanteras del

animal aún no habían tocado tierra cuando ella

comprendió que había lanzado a su caballo

directamente hacia un carruaje que se aproximaba.

La apresó un horror frío, petrificante, al ver que

los corceles se precipitaban hacia ella. Por un

brevísimo instante, creyó sentir el aliento de sus

resoplidos y ver sus ojos encendidos. El cochero

negro luchaba frenéticamente para desviar el tiro o

detener el carruaje, pero era demasiado tarde. La

mujer soltó un alarido, rápidamente silenciado por

el impacto que la dejó sin aliento.

Los enloquecidos tumbos del landó cerrado

habían arrancado a A$hton Wingate de su

somnolencia al amenazar con hacerlo caer de su

asiento, dándole motivos para poner en duda la

cordura de su cochero, pero cuando el vehículo se

deslizó hacia un lado por el cieno resbaloso pudo

ver con claridad la colisión y su resultado.

Una silueta flameante, catapultada desde el

caballo, volaba por el aire como un pájaro herido.

Cayó en la zanja del camino y rodó hasta el

interior de ésta. Antes de que el carruaje se

detuviera, Ashton había descartado su manto y se

estaba descolgando ya desde la puerta… Mientras

corría la ruta resbaladiza, sus ojos ansiosos

miraron más allá del caballo, que pataleaba

enloquecido, hasta la silueta inmóvil, parcialmente

sumergida en el agua de la zanja.

La neblina se arremolinó a su alrededor

cuando descendió por el terraplén, chapoteando en

el agua fría, sin prestar atención al barro que

succionaba sus botas. Apoyó la rodilla en tierra

para tirar de la muchacha inconsciente; tras sacarla

de ese arroyuelo cenagoso, la incorporó contra la

rodilla cubierta de hierba mojada y alta. Una

revuelta masa de pelo le cubría a medias la cara;

él se acercó, pero no pudo detectar aliento alguno

en sus labios. Experimentó un súbito miedo al ver

que el brazo de la joven pendía de su mano, laxo.

No pudo hallar el pulso de la muñeca delgada.

Casi asustado, presionó los dedos contra la esbelta

columna del cuello. Allí, bajo la piel helada, halló

lo que buscaba: la seguridad de que ella estaba

con vida, al menos por el momento.

Ashton levantó la vista y se encontró a su

cochero, que estaba de pie en la ruta. Era

costumbre del negro, en los meses más fríos,

asegurar su precioso sombrero de castor con una

larga bufanda de lana, que ataba cómodamente

bajo la barbilla. En ese momento, lleno de afligida

preocupación, estaba retorciendo los extremos de

la bufanda con sus manazas suaves, con lo cual el

sombrero iba descendiendo hacia las orejas.

-Cálmate, Hiram. Todavía respira -le aseguró

Ashton.

El caballo volvió a relinchar de pura

angustia, ahogando casi sus palabras, y dio un

tumbo, tratando de levantarse. Ashton lo señaló

con un brusco gesto de la mano.

-¡Hiram! Saca esa vieja pistola que llevas en

la bota y mata a ese animal.

-¡Sí, señó! i Ya, ya mismo!

Aunque la tarea no tenía nada de agradable, para

Hiram fue un alivio poder ocuparse de algo. El

amo volvió a inclinarse sobre la muchacha. Sin

dar señales de recobrar la conciencia yacía inerte

contra el terraplén donde él la pusiera. El agua

helada ya estaba afectando dolorosamente las

piernas de Ashton, y ella tenía el manto

completamente empapado como un frígido capullo

de gusano. El hombre buscó los ojales que

mantenían la prenda cerrada y los desprendió. Sus

cejas se elevaron de sorpresa al tirar del manto

mojado: aun a la escasa luz de las lámparas del

coche, era evidente que no se trataba de una

muchachita apenas púber, como había supuesto. La

adherente humedad del fino camisón exhibía su

condición de mujer, aún bastante joven, pero lo

bastante madura como para hacer que Ashton

revisara sus ideas.

Un disparo restalló en el silencio, haciendo

que el hombre levantara la cabeza con una

sacudida. Los pataleos cesaron con un gemido

líquido, y el caballo cayó lentamente al agua, en el

fondo de la zanja. Contra el resplandor de la

neblina iluminada por la luna, Lierin se recortaba

oscuramente, con los hombros encorvados. Ashton

sabía que el sirviente sentía hacia los animales una

simpatía superior a la de los otros hombres, pero

los sucesos del momento no daban tiempo para

tales sentimientos: una vida más preciosa estaba

en juego.

-¡Hiram! ¡Vamos! ¡Tenemos que llevar a esta

muchacha a casa!

-Sí, señó.

El negro volvió corriendo, en tanto Ashton

sacaba a la mujer herida el manto empapado para

levantarla en sus brazos. La alzó a una buena

altura, dejando que la cabeza le cayera sobre un

hombro, y comenzó a subir trabajosamente por el

terraplén resbaladizo hasta salir al camino. Hiram

estaba allí para ayudarlo en los últimos pasos,

pero corrió a abrirle la portezuela. Mientras el

amo subía, el sirviente murmuró una ferviente

plegaria, pidiendo que todo saliera bien.

La muerte había sido una cruel visitante de

Wingate en los últimos diez años; primero había

cortado la vida de sus padres durante la tormenta

que barriera la casa de las Carolinas; después, tres

años atrás, había vuelto en la forma de una banda

de piratas fluviales, que, después de arruinar su

paquebote, habían causado la muerte de su

flamante esposa, ahogada en el río. Hiram estaba

seguro de que ninguno de los dos tenía ganas de

ver a la temible vengadora negra en el futuro

inmediato.

-Dame un momento para acomodarme -dijo

Ashton, por encima del hombro, mientras ponía a

la mujer sobre su capa y la envolvía en ella.

-¿Está…? ¿Se va a pone bien, señó? –

preguntó Hiram, ansioso, estirando el cuello para

ver por encima de la espalda del otro.

-No sé, Hiram, lo siento.

Ashton levantó a su carga inconsciente para

sentarla en el regazo, donde su propio cuerpo le

sirviera de amortiguación; así podría protegerla de

nuevas magulladuras durante el trayecto a cubrir.

Al acunar aquel cuerpo, aparentemente frágil, un

perfume de jazmines se abrió paso por sus

sentidos. Una punzada de dulces recuerdos le vino

a la memoria, dejándolo inmóvil, pero apartó la

sensación con firmeza. No podía ser; no dejaría

que la mente lo torturara con ansias imposibles.

Levantó una mano para apartar la maraña de

mechones rojos que cubría aquel rostro. La masa

enlodada resistió a sus esfuerzos, pero logró, con

suave insistencia, separar las guedejas y poner una

parte detrás de la oreja. Al recostarse hacia atrás,

la luz dio de pleno sobre aquel semblante pálido.

Entonces Ashton aspiró bruscamente. Su cerebro

se detuvo, petrificado por lo que veía.

-¿Lierin? -balbuceó, atravesado por un dolor

penetrante, lleno de ansiedad.

Como una avalancha, se abatieron sobre él

los recuerdos de aquel período pasado en Nueva

Orleans, en el que conociera a aquella joven y se

casara con ella. Le habían asegurado que Lierin

estaba muerta, pero en ese momento le asaltó la

idea de que era una terrible equivocación, que era

a ella a quien tenía en sus brazos. Cuanto menos, el

parecido de esa joven con su difunta esposa era

asombroso en grado sumo.

Hiram no halló nada tranquilizador en la

variedad de expresiones que cruzaban la cara de

su amo.

-¿Qué pasa, amo? Parece que ha visto un

fantasma.

-Quizá sea así -murmuró Ashton, aturdido.

Una esperanza imponente comenzaba a

crecer en él, mezclada con una extraña

combinación de regocijo y temor. Si era Lierin…

Entonces recordó la urgencia del momento.

Su tono transmitía una tremenda ansiedad al

ordenar.

-¡Hiram! ¡Sube y fustiga a esos caballos! i

Pronto !

El sobresaltado negro cerró la portezuela y

trepó rápidamente a su sitio. Al rechinar los frenos

liberados, Ashton apoyó las piernas contra el

asiento opuesto. El grito de Hiram resonó en la

noche callada:

-¡Arreeee! ¡Ho!

La yunta, bien aparejada, se lanzó hacia

adelante, tomando la tarea muy a pecho. En el frío

aire nocturno, sus lomos despedían vapor, en tanto

que Hiram los llevaba a todo galope de curva en

curva, sin sofrenarlos siquiera cuando las ruedas

caían en una depresión y el landó daba un tumbo

brusco. Ashton se sacudía, sujetando su preciosa

carga como si llevara en las manos su propio

corazón. Al inclinarse sobre ella, su ánimo se

elevó con desacostumbrado júbilo; cerró los ojos,

con el alma llena de una plegaria: «Oh, Dios, que

sea Lierin… ¡y que esté viva!”


Ficha técnica

Título: Amarás a un estraño
Autores: Kathleen Woodiwiss
Tamaño: 1.89MB
Nº de páginas: 789
Idioma: Español
Formato: Epub, PDF
OS: iOs, Android, Windows


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