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Angélica y el complot de las sombras Р(Angélica 10) РAnne Golon, Serge Golon

Angelica y el complot de las sombras

 

Capitulo 1 del libro

No estoy enamorado…, o muy poco… Decididamente, no entendéis nada,
absolutamente nada… Sois decepcionante… No os volveré a hablar…
El marqués de Ville d’Avray se volvió, enojado.
Ang√©lica y sus acompa√Īantes llegaron hasta ellos, y los encontraron a
ambos igualmente hoscos.
Tras un día más de navegación la flota había anclado en una bahía desierta
de la costa norte del San Lorenzo. Como de costumbre, los capitanes de los
otros navíos habían llegado al Gouldsboro para un banquete en el curso del
cual se hablaría de los acontecimientos del día, y se prepararía la etapa del
día siguiente.

– Pronto llegaremos a Tadoussac.
РEl primer establecimiento francés.
– Esperemos que no se nos reciba demasiado mal.
¬ŅPor qu√©? No es m√°s que una aldea aislada, y poco defendida, y nosotros
somos fuertes. Por lo dem√°s venimos en son de paz.
La flota, en efecto, impresionaba. Recalada al abrigo de un cabo que la
ponía al resguardo de toda sorpresa, se componía de tres navíos de 200 a 350
toneladas, lo cual no representaba buques de gran envergadura, pero totalizaba
unos sesenta ca√Īones. Dos yates, m√°s peque√Īos, de fabricaci√≥n holandesa,
muy manejables y r√°pidos, desempe√Īaban el papel de perros guardianes y
exploradores. Estaban concebidos de tal manera que cada uno de ellos podía
llevar dos ca√Īones en la cala, y dos culebrinas, una a proa y otra a popa sobre
el puente, capaces de causar no pocos destrozos cuando se los apuntaba con
cuidado.

Uno de los yates se llamaba Rochelés y el otro Mont-Desert. Cantor, el
hijo menor de Angélica y de Joffrey de Peyrac iba al mando del Rochelés,
porque, a pesar de sus diecis√©is a√Īos, era ya un joven oficial experto en las
cosas de la mar. Había realizado sus prácticas en el Mediterráneo, donde
hab√≠a navegado con su padre desde la edad de diez a√Īos, y en el mar Caribe.
Vanneau, el antiguo patrón del corsario Barba Dorada, capitaneaba el
Mont-Desert. El conde de Peyrac lo había preferido a algunos de sus
compa√Īeros m√°s experimentados, por su buena fama, ya que en Francia no
había sufrido ninguna condena, y porque era católico.

Este asunto de la religión les había obligado a una selección bastante
severa para completar la tripulación y para decidir el nombramiento de los
oficiales mayores. No había ni que pensar en llevar a Nueva Francia a
franceses de religión reformada. Corrían el riesgo de ser arrestados
inmediatamente, cuando no de ser colgados, ya que estaban considerados
como traidores. También era un riesgo introducir extranjeros. Pero el conde de
Peyrac se presentaba a título personal e independiente, bajo su propia
bandera, y su tripulación, fuera cual fuese, se beneficiaría de la acogida que a
él mismo se le hiciera.

A pesar de ello, también en este aspecto había sido necesario seleccionar.
El comandante del Gouldsboro seguía siendo el noruego Erickson, hombre
taciturno y prudente y que sabía no atraer la atención. Joffrey de Peyrac
conserv√≥ junto a √©l a los cuatro espa√Īoles de su guardia personal, hombres que
desde hacía mucho tiempo aseguraban su protección personal y que no sabrían
qué otra cosa hacer si se les relevaba de esta función.
Tampoco ellos darían que hablar. Vivían entre ellos y no se mezclarían con
las poblaciones francesas, como no se habían mezclado con los colonos o con
los marineros del propio Peyrac.
Los capitanes de los otros dos barcos eran el conde de Urville y el
caballero de Barssempuy, caballeros franceses de buena familia que no
desentonarían entre la alta sociedad de Quebec, siempre que no se
investigaran demasiado en su pasado las razones de que abandonaran el reino
de Francia para recorrer los mares.
Angélica, al acercarse, había observado el rostro malhumorado de Ville
d’Avray, y el gesto antipático y fastidiado del intendente Carlon.
Así que habían vuelto a discutir… Había visto desde lejos cómo el
marqués gesticulaba, y cómo luego volvía la espalda pateando en el suelo.
Pobre marqu√©s que tanto insist√≠a en que la ¬ęvida es bella¬Ľ. Ang√©lica nunca
permanecía indiferente ante las angustias de los demás.
Ville d’Avray se sintió más tranquilo cuando se dio cuenta de que era
objeto de la atención de aquella mirada tan perspicaz como magnífica. Le
gustaba que se preocuparan por él, que se interesaran por sus estados de
ánimo. Cuando Angélica se dirigió hacia él no cupo en sí de alegría.
– ¬ŅQu√© os ocurre, querido amigo? -se interes√≥ Ang√©lica – Se dir√≠a que algo
no marcha.
– ¬°Ah!, ciertamente, se√Īora. Bien pod√©is decirlo -gimi√≥ Ville d‚ÄôAvray-.
Que existan tales individuos y que se vea uno obligado a tratar con ellos es
una prueba, de que, como dicen los teólogos, el purgatorio comienza en esta
tierra.
– ¬ŅOs refer√≠s al se√Īor Carlon?
– ¬ŅQui√©n, si no, podr√≠a ser?
– Sentaos a mi lado y cont√°dmelo todo.
Angélica, mientras prestaba atención a sus quejas, no dejaba de pasear su
mirada a su alrededor.
La tarde era magnífica. Tras dos días de lluvias torrenciales, podía
disfrutarse de la pureza del aire.
Tras la parada en Sainte-Croix-de-Mercy, había proseguido el viaje sin
que tuvieran noticia del menor rumor acerca del incidente tr√°gico que algunos
de ellos habían vivido durante la noche. Angélica se preguntaba por momentos
si no lo hab√≠a so√Īado.


Ficha técnica

Título: Angélica y el complot
Autores: Anne Golon & Serge Golon
Serie: X de Angélica
Publicado: mar 2015
Tama√Īo: 1.22MB
N¬ļ de p√°ginas:tye

Idioma: >Espa√Īol

Formato: multiformato

OS: iOs, Android, Windows


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