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El sueño de África – Javier Reverte

El sueño de Africa epub
Genero: Aventura

El sueño de África Sinopsis

Al surcar el continente africano, Javier Reverte emprende un camino donde a cada paso se trasluce el amor, su fascinación y su respeto por aquellas lejanas tierras. Como en las otras entregas de la trilogía, el prolífico periodista asume el papel de viajero en pos de un mito que se irá revelando a través del contacto directo con las gentes y los paisajes africanos. Este libro, que trata de la historia blanca del África negra, entrelaza las grandes y las pequeñas narraciones que surgen a su encuentro con el pasado, con las ciudades del presente, con el conocimiento de tribus ancestrales en franco proceso de extinción… Impregnada de lúcido realismo, de exuberante belleza y de leyenda, esta crónica revela en clave homérica que el placer del viaje, más que en llegar a un destino, consiste en enriquecerse como ser humano a lo largo del itinerario.


Ficha técnica

Título: El sueño de África
Autores: Javier Reverte
Serie: I de Trilogía de África
Tamaño: 1.75MB
Nº de páginas: 689
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


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Era, pues, la hora de gentes como Livingstone, que antes que explorador
era un pastor de almas; y a su estela, de los Burton, Speke, Stanley y Baker. Es
cierto que, si se repasan con frialdad sus peripecias, encontraremos detrás de
todos ellos un ideal imperialista.

Pero en sus biografías particulares
predominan el aliento de aventura, de curiosidad científica, e incluso el afán
de redención de los pueblos primitivos y embrutecidos. Livingstone pretendía
acabar con la esclavitud, Baker quería ampliar su colección de trofeos de
caza, Burton trataba de investigar sobre lenguas y culturas ignoradas, Speke
pensaba en descubrir y Stanley en gozar la satisfacción de las grandes
exclusivas periodísticas. Todos querían escribir su nombre en la Historia,
entrar en la galería de la fama como hacían los hombres semidioses de la
Grecia antigua. África era el mejor paisaje para su gloria personal. Y África
los cambió a todos, haciendo de Livingstone un explorador, de Baker un
formidable narrador de historias, de Burton un neurótico vagabundo, de Speke
un héroe trágico y de Stanley un conquistador. A la postre, uno por uno cayeron
seducidos por el mal de África. Y todos murieron soñando con regresar.

El cielo de África, que al descender del avión en Entebbe me había
parecido noble, luminoso y libre, de pronto se cubrió de nubes opacas y
esponjosas que amenazaban lluvia, y tenía un aspecto sórdido camino de
Kampala. O tal vez no era el cielo lo que me provocaba una sensación acerba,
sino la súbita visión, a la izquierda de la carretera, de una larga sucesión de
chabolas, en realidad talleres artesanos, donde se fabricaban decenas de
ataúdes de madera.

Volví la mirada hacia el otro lado. El lago Victoria traía sus aguas rizadas
y plomizas hasta las orillas cubiertas de vegetación, un verdor que brillaba
impúdico, bruñido a pesar de la falta de sol, como si una luz poderosa
surgiera de su interior a la manera de las esmeraldas. Crecían en las orillas
del gran lago las buganvillas moradas y los magnolios de flores blancas y
rosadas. Olía a tierra húmeda y a jardín abandonado sobre aquella tierra
rojiza. Un banano se derrumbaba junto a la carretera bajo el peso de un
enorme racimo de plátanos amarillos. El aire venía cargado de aromas densos
y dulces.

James conducía por el carril izquierdo, como es obligado en la mayoría de
los países que han sido colonia o protectorado británico. Con su anticuado
todo-terreno sorteaba frágiles velomotores, ciclistas, carros tirados por
bueyes y pequeños rebaños de cabras. Yo me sentaba a su lado y, en el asiento
trasero, una muchacha canadiense daba saltos y lanzaba ocasionales
exclamaciones cuando pasábamos sobre algún bache. Habíamos viajado juntos
en el avión desde Bruselas y me había contado que iba a incorporarse a un
proyecto de cooperación humanitaria, durante un período de veinte meses,
después de haber vivido varios años en el Zaire. Le brindé plaza en mi coche
cuando me explicó que nadie iría a esperarla al aeropuerto.

James era un tipo orondo y recio, con aire de muñecón escapado de un
escenario de guiñol. Se sentía orgulloso de ser chófer, a pesar de no ganar más
de treinta dólares al mes y tener que alimentar a una familia de diez hijos. Pero
el suyo era un buen empleo en una Uganda empobrecida por veinte años de
guerra civil. El inglés de James podía resultar por completo ininteligible si se
empeñaba en relatar una larga historia, como era el caso de sus cuitas
familiares, y preciso e inteligente cuando no tenía mucho que decir.


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