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Heridas de amor y de guerra – Meg Ferrero

Heridas de amor y de guerra epub

Heridas de amor y de guerra Sinopsis

El 21 de octubre de 1854, treinta y ocho mujeres partieron directas a una guerra para cuidar a miles de soldados ingleses heridos, cambiando así el curso de la enfermería moderna. Anna St. James formaba parte de esa expedición de valerosas enfermeras; una mujer indómita contraria a cualquier guerra que cometió una terrible negligencia al atender a un soldado indebido.

Alex, un atractivo general herido, se enamoró de la joven enfermera que atendía sin discriminaciones a cuanto herido recibía.

La guerra los sentenció a ser enemigos, pero sus corazones los condenaron a amarse en medio de un escenario cruel, lleno de dolor y sufrimiento.

Me ha gustado mucho la ambientación, como la autora narra los horrores de la guerra y traslada a esos escalofriantes escenarios, pero precisamente eso, en lugar de amor, es lo que me ha trasmitido la novela: dolor, odio, rencor y sufrimiento


Ficha técnica

Título: Heridas de amor y de guerra
Autores: Meg Ferrero
Tamaño: 0.79MB
Nº de páginas: 678
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


Descargar libro Gratis Heridas de amor y de guerra – Meg Ferrero

Lucinda se acercó a la joven Anna, que se afanaba limpiando las habitaciones que les habían cedido. Era su turno y lo hacía con dedicación, aunque esta tarea durase
poco ya que los oficiales las habían confinado a todas en tan solo seis habitaciones.
—¿Has oído ya las nuevas? —comentó haciéndose la interesante.
—¿Qué nuevas? —preguntó recelosa Anna, ya que no hacía muy buenas migas con la joven novicia.
—La señorita Nightingale va a mandar de regreso a Londres a dos de nuestras compañeras.
Anna se giró hacia Lucinda, ya que ahora contaba con toda su atención. Lucinda y ella eran las enfermeras más jóvenes de toda aquella partida. Todas las demás eran
más añejas y la mayoría eran monjas. La misma Lucinda era una hermana novicia, aunque Anna nunca había visto “la llamada de Dios” en ella.
—¿Cómo? —preguntó sorprendida—. ¿Pero por qué si aquí somos muy necesarias? Es más, necesitamos refuerzos ¡y los necesitamos con urgencia!
Lucinda, por un imperceptible momento, compuso una cara de pura malicia.
—Las ha mandado de regreso por arrimadas.

—¿Arrimadas? ¿Qué quieres decir?
—¡No seas mojigata! Se arrimaban de más a los soldados y ya sabes lo rectísima que es la señorita Florence. Además, algunas beben de más…
Florence era muy estricta, eso no había que jurarlo, pero las noticias dejaron a Anna desconcertada. La semana anterior había impuesto una especie de toque de queda
en el que todas ellas, por la noche, tenían que encerrarse en las habitaciones mientras Florence hacía la ronda con los enfermos para, después, encerrarse en un cuarto
para hacer informes, escribir cartas y hacer estadísticas y más estadísticas. No en vano era una gran matemática y su labor en aquel hospital, alejado de la mano de Dios,
estaba comenzando a dar sus frutos. Además, comprendía que Florence tenía que mantener un nivel entre sus enfermeras y hacerse respetar entre todos aquellos
médicos y enfermeros militares que tanto las despreciaban. Y si alguna de las mujeres estaba tonteando con los soldados o médicos lo normal era que Florence intentara
cortar aquello de raíz. Aun así, le parecía una medida demasiado drástica, dadas las circunstancias.
—¡Esto es un infierno! Entiendo que alguna beba algo más de la cuenta, y en cuanto a lo otro que dices… pues no sé…

no todas son monjas. Puede que alguna haya
recibido alguna oferta de matrimonio —dijo de manera inocente.
La sonora carcajada de Lucinda reverberó en el reducido habitáculo.
—¿Te ha hecho alguna propuesta de matrimonio tu joven y guapísimo soldado? —preguntó con malicia—. ¿Es por eso que las defiendes? ¿Porque estás en su misma
situación? Porque, desde que llegó, has estado siempre a su lado como un perro faldero. ¿O crees que no nos hemos dado cuenta? ¡Vamos, Anna! No te pongas colorada
—dijo al ver a la joven roja como un tomate—. Todas nos hemos dado cuenta de lo guapísimo que es ese paciente, pero deberías dejarnos algo para las demás, ¿no
crees? —espetó mientras se alejaba de allí dejando a una temblorosa Anna, que no supo cómo reaccionar ni qué decir.

Era cierto que pasaba mucho tiempo con el joven ruso pero, ¿cómo no hacerlo si temblaba solo de imaginar que alguien les descubriese? Aunque, ya hacía días que el
soldado no decía ni una sola palabra en ruso, ya que su estado general había mejorado bastante y no tenía la calentura que le hacía delirar y hablar semiinconsciente. El
caso era que debía de dejar un poco más de lado a su joven paciente y dedicarse más a los demás para no levantar sospechas. Cuando llegó a esa conclusión y creyó
quedarse a gusto se dio cuenta de que algo, en su fuero interno, se revelaba contra la idea misma de no atender al soldado. No sabía identificarlo así que, de bastante mal
humor, se giró y volvió a sus quehaceres.
Antes de salir, revisó las habitaciones en las que llevaban tan solo un mes. Todavía recordaba el cadáver del general ruso muerto en una de ellas cuando llegaron. Los
oficiales las habían mandado allí con la excusa de no tener más sitio, pero sabía que lo habían hecho para asustarlas. No fue hasta que no retiraron el cadáver que se
dieron cuenta de las infrahumanas condiciones de las estancias. Las habitaciones eran pequeñas y no había muebles a excepción de unas cuantas sillas sucias y húmedas
y unos cuantos divanes.

Ni camas, ni colchones, ni ropa de cama, ni lámparas, ni velas, ni nada con que limpiar toda aquella inmundicia. Durante las primeras noches,
Anna no logró conciliar el sueño porque los divanes estaban llenos de pulgas y por debajo de ellos se oía el continuo correteo de las ratas. Tardaron varios días en
conseguir unas tristes escobas y algunos útiles con los que poder limpiar. Gracias a Dios todo estaba mejorando debido al fondo monetario de Nightingale, que había
comprado lo mínimo necesario para subsistir.
Cuando hubo acabado, y todavía con la conversación de Lucinda rondándole la cabeza, se fue directa a revisar al paciente que se había convertido en el centro de
todos sus pensamientos.


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