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La fuerza del highlander – (Clan Campbell 01) – Monica McCarty

La fuerza del highlander  pdf
Genero: Erótica

La fuerza del highlander Sinopsis

El implacable defensor de la ley del clan más poderoso de Escocia, Jamie Campbell, es el hombre más temido de las Highlands. Una fuerza física pura unida a una astuta visión política hace de él una poderosa fuerza a la que pocos hombres osan enfrentarse.

Decidido a ver sometida la anarquía y los conflictos de las Highlands, los objetivos de Jamie son claros: con la excusa de pedir la mano de la hija del jefe de Lamont en matrimonio, descubrirá si los Lamont dan cobijo a cualquier proscrito de los MacGregor. Pero dicha excusa se torna deseo cuando conoce a la hermosa fierecilla que gobierna su casa con delicado puño de hierro. El bravo escocés no esperaba que la mujer que desea por encima de todas pondrá a prueba su deber y lealtad para con su clan hasta el límite.

Consentida y adorada por su familia, Caitrina Lamont no tiene la menor intención de abandonar a su amado padre y a sus adorados cuatro hermanos mayores por un esposo… mucho menos por un Campbell. Pero ….


Ficha técnica

Título: La fuerza del Highlander
Autores: Monica McCarty
Tamaño: 2.22MB
Nº de páginas: 689
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


Descargar libro Gratis La fuerza del highlander – (Clan Campbell 01) – Monica McCarty

Pero Caitrina era muy consciente de que su
padre albergaba grandes esperanzas de prometerla
a uno de los muchos highlanders que acudirían
para probar su fuerza y su habilidad. Se apresuró a
desechar esa desagradable idea antes de que
pudiera estropear la alegría de su regalo.
—¿Precioso? —La mujer lanzó un resoplido de
desaprobación, clavando una elocuente mirada en
el bajo escote cuadrado, donde los pechos de
Caitrina amenazaban con explotar contra los
prietos confines del corsé. Mor echó a la joven
nodriza de la habitación antes de proseguir con su
diatriba. —Más bien indecente. Y no sé qué les
pasa a los otros veinte vestidos «preciosos» que
tienes en el armario.

Caitrina arrugó la nariz.
—Ay, Mor, sabes muy bien que no tengo
ninguno como este. —Echó un vistazo a la
redondez turgente de sus pechos, que se alzaban
muy por encima del borde del escote. Cierto que
era bastante bajo. Casi se veía el reborde rosado
del. . . Hizo un esfuerzo por no ruborizarse,
sabiendo que todavía daría más pie a su nodriza
para discutir. —El vestido es de lo más decente
—declaró. —Todas las cortesanas que saben de
moda llevan vestidos como este en Whitehall.
Mor masculló algo que sonaba sospechosamente
a «malditos locos ingleses», que Caitrina prefirió
ignorar. Siglos de enemistad no podían olvidarse
sencillamente porque el rey de Escocia se hubiera
convertido también en rey de Inglaterra.

Alzó con
la mano la seda de color dorado claro para que la
luz de la ventana se reflejara en olas iridiscentes y
suspiró soñadora.
—Me siento como una princesa con este
vestido.
La mujer resopló.
—Desde luego ha costado el rescate de un rey
que lo enviaran desde Londres hasta la isla de
Bute. —Mor se interrumpió un momento y movió
la cabeza. —Y es una locura, cuando en
Edimburgo tenemos sastres perfectamente
competentes.

—Pero espantosamente anticuados; no están al
día de los estilos más recientes —protestó
Caitrina. A pesar de todo se mordió el labio, pues
algo de lo que Mor había dicho la inquietaba: no
había tenido en cuenta el coste de la generosidad
de su padre —¿De verdad crees que ha sido
demasiado caro?
Mor alzó una ceja mostrando un gesto
sarcástico, incapaz de disimular su diversión.
—El chantaje no suele ser barato. Caitrina tuvo
que reprimir otra sonrisa.
—No ha sido chantaje.

El vestido fue idea de mi
padre. Seguro que se sentía culpable por
obligarme a soportar las atenciones del
interminable desfile de pavos reales que trae a
nuestro salón. Creo que ha accedido a que la
reunión se celebre en Ascog con la esperanza de
que con tantos «chicos valientes» entre los que
elegir, encuentre uno que me guste. Vamos, como
si estuviera eligiendo un toro en el mercado.
Lo cierto era que la insistencia de su padre en
que empezara a buscar marido la preocupaba más
de lo que pensaba admitir. No era propio de él ser
tan tozudo. Eso era más bien cosa de Mor.
La vieja nodriza prefirió evitar el tema del
matrimonio y volvió al del vestido.

—Ese hombre te habría ofrecido la luna por no
verte llorar. Supongo que podría haber sido peor
que un vestido —declaró, blandiendo el dedo ante
Caitrina. —Pero un día de estos llegará alguien a
quien no puedas manejar a tu antojo.


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